MIÉRCOLES, 13 DE NOVIEMBRE DE 2019 





46. Vol. 16 (3)

OCTUBRE 2013

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 1575-0965

Editorial

Investigar y publicar desde el compromiso con el cambio social


Es clásica y abundante la acusación de “torre de marfil” para referirse tanto a la academia como a la ciencia, centradas en su propio placer por el conocimiento, a espaldas de la sociedad. Las dos últimas décadas han visto incrementada esta acusación, si bien con el interés de fortalecer la idea de que la ciencia, la tecnología y la academia deberían centrarse en labores de investigación que permitan crear ventajas competitivas en un mundo de globalización economicista (por ejemplo, De Wit, 2010; García, 2008; Manzano-Arrondo, 2011; Rodrigues, 2007; Shumar, 2004; Wang et al., 2011; Yogev & Michaeli, 2011). Además de esta fuerte presión por rendir en términos de mercado, de este se han importado casi literalmente modelos de calidad y excelencia que aumentan la presión de los miembros de las universidades por adaptarse a un patrón investigador centrado en la producción de artículos y la capacidad para conseguir fondos económicos (por ejemplo, Bolívar, 1999; Frew, 2006; Malfroy, 2011; Puiggrós, 1996; Vidovich and Curie 2011).

La orientación hacia las lógicas de mercado y los modelos importados de calidad están generando, entre otros efectos, un profundo malestar en las instituciones de educación superior y sus miembros. Urge mostrar modelos alternativos, es decir, formas de concretar la praxis universitaria hacia otros derroteros que no impliquen ni cerrarse en una torre de marfil ni reducir el concepto “sociedad” al de interlocutores en posiciones de poder tales que permiten definir a qué deben dedicarse academia y ciencia. Muchas personas dentro y fuera de los muros de las instituciones oficiales de construcción de conocimiento exigen mirar hacia los sectores y problemas sociales histórica y sistemáticamente olvidados y progresivamente precarizados. Es importante visibilizar que hay otros motivos y otras formas efectivas de construir investigación, formas y motivos que tienen como objetivo trabajar por y con esos sectores y esos problemas, en un claro interés por construir bien común. Modelos con mucha tradición, como la investigación-acción participativa, o perspectivas catalogadas de manera más reciente, como el aprendizaje-servicio, son algunos de los varios movimientos crecientes que llaman a la puerta del protagonismo en las instituciones y prácticas de investigación.

En esa línea de visibilización y contagio se sitúa este número monográfico, que hemos denominado “Otra investigación es posible” y que podríamos subtitular “y está siendo real”. No sufrimos la confusión de pensar que estamos iniciando un nuevo modelo. La intención de este número es sumar fuerzas a los movimientos que ya existen, incrementando su visibilidad en las comunidades de investigación. Si el conocimiento no es inocente, porque trabaja para un mundo concreto y deja sin abordar otras concreciones, entonces la investigación tampoco puede observarse inocente, sino profundamente co-responsable de lo que está ocurriendo y de lo que podría estar ocurriendo en su lugar.

Para trabajar tal visibilización, hemos tenido la suerte de contar con investigadoras e investigadores de varias disciplinas, puntos geográficos y experiencias vitales, pero coincidentes en la motivación de poner los objetivos, modos y recursos de investigación en la construcción de bien común junto con los protagonistas cotidianos que más lo necesitan.

En el primer artículo “De la resiliencia individual a la resiliencia comunitaria” (de Daniela Marzara, Elena Marta y Francesca Mercuri), ya puede observarse de qué estamos hablando. El propio concepto de resiliencia (resistencia activa y preventiva frente a las inclemencias sociales del entorno) es ya un objetivo digno de mención. A ello se añade el interés por librarse del yugo de la individuación, ese proceso que lo traduce todo a la esfera individual, para centrar el foco en la comunidad como unidad de resiliencia. Sitúan este enfoque en práctica trabajando con monitoras de jóvenes en situación de desamparo social en Milán, para lo que ponen sobre la mesa dos perspectivas compatibles de estudio y un proceso tan ilustrativo como exitoso.

Con una agradable habilidad narrativa, María Luisa Castro, María José Rodríguez y Emiliano Urteaga, en su trabajo “Abriendo las aulas”, dejan al desnudo los procesos de aprendizaje colectivo de un grupo de investigación y transformación social (Grupo Multidisciplinario de Investigación y Cooperación Comunitaria) que ensaya prácticas de relación universidad-calle. Este ensayo ha tenido la virtud de tocar tanto la docencia (aprendizaje-servicio) como la construcción específica de conocimiento (investigación-acción participativa), a la vez que intenta transformar la propia institucionalidad universitaria en la ciudad de México.

Héctor Alonso y José Barba articulan desde Valladolid una propuesta muy sugerente que se reproduce en muchos puntos del globo: la utilización de las expresiones artísticas populares (con amplia tradición o de nuevo cuño) en la construcción de identidad inclusiva e integración social. A través de talleres de grafiti, impartidos por los propios protagonistas de este arte habitualmente originario de sectores marginalizados, muestran una experiencia concreta de metodología comunicativa crítica. En “El grafiti en educación de calle” contamos además con un buen listado de argumentos para implicarse en tareas similares, redactado en términos de resultados transformadores.

De Valladolid es también el origen de la casi historia de vida que comparten Gustavo González y Raquel Becerril en “El recorrido investigador de un educador novel”. Es el acierto de un docente que toma notas sobre su experiencia educadora desde los primeros momentos y muestra la utilidad de las autonarrativas para mejorar la comprensión y realización de la función educadora.

En esta misma línea, es decir, la de compartir una experiencia educadora e investigadora en primera persona como ejemplo conceptual y de acción, se inscribe el trabajo “Acampar sin permiso, pensar sin límite” de Elisa Hernández, desde la vivencia de investigación-acción de la autora y su equipo durante el 15M en Granada, España. A partir de ello, describe los procesos paralelos de investigación y de cambio, lo que le permite suministrar finalmente algunas propuestas que podrían guiar experiencias similares en el futuro.

Martín Rojo, en “Cooperación institucional” nos trae una enriquecedora experiencia desde Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, a la que añade una actitud muy propositiva. El autor propone y describe la práctica del título cooperante (máster a precios muy bajos, que oferta una universidad del norte para doctorandos del sur, capacitador para abordar problemas del sur con recursos al menos académicos del norte), redefine la cooperación al desarrollo y realiza una petición abierta a profundizar sobre la cooperación concienciadora (cooperación orientada a un cambio de conciencia). Todo ello se encuentra enmarcado no en lo abstracto, sino la preciosa experiencia “Hacia una pedagogía crítica para el desarrollo”.

Javier Saavedra, Enrique Suárez y Virginia Ordóñez, en “Universidad y cambio social en tiempo de crisis” comparten un proceso de intervención universitaria en la calle a través de clases abiertas sobre la crisis desde asignaturas regladas en Sevilla. La mezcla de ámbitos tradicionalmente separados por un grueso muro se combina en este trabajo con la indagación a través de grupos de discusión para identificar los puntos clave que pueden inspirar mejores prácticas futuras de universidad-calle.

La investigación evaluativa participativa es el asunto central que Enrique Javier Díez aborda en “Investigación-acción participativa” desde una experiencia concreta en un centro escolar concertado de Madrid. Para ello, se adentra en los conceptos de cultura y cambio cultural puesto que su objetivo es nada menos que favorecer un cambio cultural en una organización educativa. A través de este enfoque pretendió un proceso de evaluación participativa, la estimulación de una cultura de trabajo en equipo, y la adquisición de acuerdos y compromisos por consenso. El autor destaca los puntos fundamentales de una experiencia que propició un proceso tan lento como exitoso (observando el surgimiento de una dinámica constante de innovación y cambio).

Ariel Jerez, en “Memoria, identidades y culturas políticas”, analiza a lo largo de casi una década el movimiento por la memoria y los derechos humanos en España. Este movimiento, siguiendo las palabras del autor, “asesta el golpe decisivo a los discursos dominantes de una democracia ejemplar, de una sociedad moderna normalizada y de una pretendida mayoría sociocultural y electoral progresista, tan operativos en la construcción de subjetividades conformistas y autocomplacientes”. El trabajo ejemplifica cómo, a través de dinámicas de investigación participativa, las ciencias sociales pueden trabajar junto con los movimientos sociales para transitar entre cultura y política.

Por último, “Los estándares en el currículo y la evaluación”, de Libia Stella Niño y Antonio Gama, entra de lleno en un tema de rabiosa actualidad a través de una visión crítica y de evidencias. Denuncian los modelos curriculares normativizados de inspiración técnico-instrumental y extraen conclusiones sobre cómo se vive y se justifica esta realidad a partir de entrevistas semi-estructuradas a expertos y del análisis de talleres organizados en torno al tema y orientado al trabajo con profesorado. Si bien algunas concreciones se refieren a Colombia, los objetivos, la metodología y las conclusiones son claramente de ámbito global.

Este número no ha pretendido en ningún momento ser exhaustivo sobre qué puede llevarse a cabo desde una visión crítica con los modelos hegemónicos de investigación. Muy al contrario, se ha ocupado de mostrar algunas experiencias concretas y algunas visiones diversas de entre un mapa de posibilidades potencialmente inabarcable. Lo que sí esperamos es que sirva de estímulo. Quedan muchas puertas por abrir, tras cuyo marco desearíamos tropezar en el camino con otras disciplinas, otros métodos, otros objetivos, otros enfoques más allá de los saberes institucionalizados... porque otra investigación es posible.


Bibliografía

Bolívar, A. (1999) La educación no es un mercado. Crítica de la “Gestión de Calidad Total”. Aula de innovación educativa, 83-84, 77-82.

De Wit, K. (2010). The networked university: the structure, culture, and policy of universities in a changing environment. Tertiary Education and Management, 16, 1-14.

Frew, Ch. (2006). An International Educational Literacy: Students, Academics and the State. Journal of University Teaching and Learning Practice, 3, 24-33.

García Ruiz, M.J. (2008). El impacto de la globalización en la universidad del siglo XXI. Tendencias Pedagógicas, 13, 59-78.

Malfroy, J. (2011). The impact of university-industry research on doctoral programs and practices. Studies in Higher Education, 36, 571-584.

Manzano-Arrondo, V. (2011). El papel de la universidad en la sociedad de ignorantes. Científica, 12, 29-55.

Puiggrós, A. (1996) Educación neoliberal y quiebre educativo. Nueva Sociedad, 146, 90-101.

Rodrigues, M.A. (2007). El regional y el global: la articulación de la diversidad de funciones de la enseñanza superior. Revista de Universidades y Sociedad del Conocimiento, 4, 5-15.

Shumar, W. (2004). Global pressures, local reactions: higher education and neo-liberal economic policies. International Journal of Qualitative Studies in Education, 17. 823-839.

Vidovich, L., and J. Currie. 2011. Governance and trust in higher education. Studies in Higher Education 36: 43-56.

Wang, J., E. Lin, E. Spalding, S.J. Odell, and C.L. Klecka. (2011). Understanding higher education in an era of globalization. Journal of Teacher Education, 62, 115-120.

Yogev, E., and N. Michaeli. (2011). Teachers as society-involved “organic intellectuals”: training teachers in a political context. Journal of Teacher Education, 62, 312-324.


Vicente Manzano-Arrondo
Universidad de Sevilla