MARTES, 12 DE NOVIEMBRE DE 2019 





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ABRIL 1993

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

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¿POR QUE LAS FACULTADES DE EDUCACION?

La formación del profesorado de Primaria ha pasado, a lo largo de la historia, por distintos avatares y diversas consideraciones. Esas consideraciones han estado relacionadas con la edad de ingreso en los estudios conducentes a la titulación de maestro. Se ha ingresado en los centros de formación de maestros a los 14 años. Ultimamente, a los 18. Difícilmente con aquella edad se podía exigir una formación universitaria. Ahora, sí. La lección que la historia nos proporciona es que la formación de maestros pasa de un nivel de enseñanza secundaria a otro de nivel superior. Se consolida progresivamente una tendencia consistente en el ingreso cada vez más claro y fehaciente en la Universidad, donde el futuro maestro consigue un título de primer ciclo universitario. Concluimos nosotros ahora que, siguiendo esa tendencia, lo lógico es pensar que la formación del profesorado en nuestros días exige una integración plena en la Universidad y que la reivindicación histórica a este respecto significa identificarse, sin ambigüedades, con lo que tradicionalmente se ha considerado el corazón de la Universidad, es decir, con la Facultad, donde se deberá impartir a los futuros maestros el grado de licenciatura. No valen como argumentos en contra razones de economía esgrimidas por Estados desaprensivos o altamente interesados en mantener otros planteamientos que favorecen filosofías deshumanizadoras. Nunca en la historia de las Normales ha existido una unanimidad tan grande como en los últimos años, cuando prácticamente todos los representantes de las mismas han solicitado y exigido al Ministerio la licenciatura como requisito mínimo para la formación del maestro. El que la L.O.G.S.E. no haya insertado en su articulado tal petición no es síntoma de la equivocación de los solicitantes, sino prueba evidente de la tozudez y cortedad de miras de la Administración. Hemos perdido el carro de la historia. Se ha dejado pasar una oportunidad de oro.

Por si sirve de consuelo y de argumento incompleto, aunque reforzante, ahí están, a pesar de todo, los hechos empíricos que, cual evidencia incontestable, se han levantado en buena parte de nuestro país. Nos estamos refiriendo a la transformación de las Escuelas Universitarias de Formación del Profesorado en Facultades de Educación. Por todos los costados de España ya se han constituido en centros facultativos buena parte de las antiguas Escuelas Universitarias de Magisterio. Cataluña, Andalucía, Galicia, Cantabria, Madrid... tienen inscritas en el B.O.E. sus respectivas transformaciones. Y es que no podría ser de otra manera. Ahora, la historia exige su turno, el de la Facultad de Educación como centro natural de formación del profesorado y quien no se entere quedará fuera del proceso histórico. Claro que esa transformación no conlleva, por sí misma, la impartición de la licenciatura al futuro maestro. Pero todo se andará. La institución terminará arrastrando al currículo. Mientras ese anhelo se consigue, el monográfico que el presente número ofrece a sus lectores recuerda pruebas para el robustecimiento de este racional planteamiento. Repasémolas en sucinto enunciado.

1)    La creación de la Facultad de Educación es el término natural de un proceso histórico iniciado hace años.

2)    La Facultad de Educación no sólo es la sede propia de los futuros profesores de primaria, sino también el recinto obligado para la formación de los profesores de secundaria, licenciados en otras ramas, que sólo caben en otro Centro del mismo rango al de su procedencia, es decir, en otra Facultad.

3)    La Facultad de Educación potencia el enfoque interdisciplinar e interdepartamental entre áreas propias del currículo formativo del profesorado y otras pertenecientes a campos afines de la Psicología y de la Pedagogía.

4)    La estructura de la Facultad de Educación permite introducir carreras de tres ciclos: diplomatura, licenciatura y doctorado. Es decir, permite impartir en un mismo espacio físico o, al menos, en una misma entidad académica, títulos relativos a la formación inicial y permanente del profesorado y, al mismo tiempo, títulos psicopedagógicos. Todo ello potencia una filosofía distinta a la actualmente vigente respecto a la formación del profesorado. En efecto, la concepción de un nuevo tipo de profesor, dibujada en la L.O.G.S.E. y en los diseños curriculares, y consistente en el profesor investigador, se ve reforzada por una Facultad que no sólo cuente con infraestructura para docencia, sino también para la investigación. La coexistencia de los títulos relativos a la formación de los Profesores de Educación Infantil, Primaria y Secundaria, e incluso, en su día, Universitaria, con licenciaturas referentes a Psicopedagogía, a Pedagogía, a Gestión y Organización de Centros, a Evaluación Educativa, a Diseño Curricular..., proporciona una base y un ambiente capaz de unir la teoría con la práctica, los planteamientos fundamentadores con la investigación. Potenciaría la huida del profesor puramente aplicativo y tecnicista, al dotarle de una base explicativa y científica, útil para preparar un profesor que sepa crear diseños fundamentados en cosmovisiones globales, capaz de contrastar con su investigación los planteamientos de base y de justificar las propuestas didácticas que se puedan llevar a cabo en los centros de enseñanza, donde estudian los destinatarios del futuro profesor.

5)    La Facultad de Educación evitaría la dispersión y el solapamiento de fuerzas y de identidades que hoy se dedican de una u otra forma a la formación inicial y permanente del profesorado: ICEs, Escuelas de Magisterio, Facultades de Ciencias de la Educación y, en alguna medida, los CEP. Esta Facultad, sin dejar de ser manejable, garantizaría la necesaria unidad e integralidad que toda formación del profesorado exige.

6)    No por ser Facultad tiene que carecer de un planteamiento profesional. Todo lo contrario, podrá formar a profesionales de la enseñanza y a otros titulados cuyo ejercicio estaría abocado, en la práctica, a realizar su misión en centros docentes: gestor, director de centro, administrador, orientador escolar, evaluador, diseñador de currículos, psicólogo escolar, educador social, educador de calle, educador ocupacional ... . En este sentido, la Facultad de Educación debe recoger el talante profesional que han defendido, al menos en sus planteamientos de origen, las antiguas Normales y no caer en el retoricismo barato que haya podido caracterizar a ciertas Facultades de la Universidad napoleónica.

7)    La Facultad de Educación puede resultar un centro relativamente económico, dado que en vez de separar, dispendiar y solapar funciones, las integra. Ello puede redundar en mejores dotaciones, tanto de plantilla como de recursos didácticos.

Además de estas razones, hay otra de tipo geopolítico totalmente incuestionable: evitar quedarnos rezagados, como en tantas otras ocasiones históricas, del resto de los paises civilizados de nuestro entorno sociogeográfico.

En Canadá, en Estados Unidos y en buena parte de los paises europeos, hace ya tiempo que desaparecieron las Escuelas Normales y, en su lugar, tomaron carta de naturaleza los Centros Superiores de Formación del Profesorado. En unos paises con el nombre de Facultades de Educación, denominándose en otros Facultades de Ciencias de la Educación y en alguno de ellos (como es el caso de Francia) Institutos Universitarios de Formación del Profesorado.

Pero, independientemente de la denominación, en los paises más desarrollados se exige el nivel de licenciatura para todo el profesorado no universitario, aunque con una moderada diversificación curricular según sea la especialidad de cada tipo de profesorado, y todos alcanzan la titulación que les faculta para trabajar como profesores en el mismo centro universitario que, como hemos dicho antes, tiene el máximo rango universitario.

Por todo ello, desde las páginas de esta revista, aplaudimos en su día la disposición adicional 12 de la L.O.G.S.E., por propiciar la transformación de nuestras actuales Escuelas Universitarias de Magisterio en Centros Superiores de Formación del Profesorado. Sin embargo, cuando vemos que todavía hay algunas Universidades miopes y cicateras que no se deciden a dar ese importante paso (aunque hay que reconocer que estas son sólo un reducido número), nos parece que esa disposición de la L.O.G.S.E. es demasiado timorata, al no haber exigido a todas las Universidades la citada reconversión en un plazo máximo de años.

Somos conscientes de que una buena parte de los expertos que todavía se muestran reticentes a esa transformación de nuestras actuales Escuelas Universitarias de Magisterio, basan su miedo en el peligro que puede suponer para el nivel de enseñanza primaria y secundaria de España el hecho de priorizar lo pedagógico y lo psicológico en detrimento de lo que suele entenderse como "contenidos científicos". Y hay que reconocer que ese es un peligro real si la transformación se lleva a cabo en pésimas condiciones, como consecuencia de las ya clásicas luchas entre ambos tipos de expertos en el seno de nuestros centros de formación del profesorado.

Sin embargo, ese peligro disminuiría si el cambio se realizase basándonos en las mejores experiencias ensayadas en otros paises, desde hace muchos años, evitando apoyarnos en las peores. En esos paises, la dicotomía se ha resuelto equilibrando el peso que deben tener en la formación inicial del profesorado estos tres ámbitos: el científico, el didáctico y el psicopedagógico.

La formación científica (entendiendo por tal el amplio dominio de los conocimientos que se supone va a impartir un determinado profesor o profesora) la reciben de las correspondientes Facultades literarias, lingüísticas, humanísticas, sociológicas, artísticas, biológicas, físicas, químicas, matemáticas, etc., antes de iniciar la formación en los dos otros ámbitos; es decir, cursando un determinado número de créditos en tales disciplinas a nivel de primer ciclo universitario. Al mismo tiempo, esto ha propiciado una gran desmasificación de los segundfos ciclos en tales Facultades.

La formación psicopedagógica y en las didácticas especiales es recibida en el seno de las Facultades de Educación, a nivel de segundo ciclo universitario. Sólo los futuros profesores de escuelas infantiles, de educación especial, los psicopedagogos (orientadores y/o consejeros escolares, logopedas, etc.), los licenciados en curriculum, en dirección y gestión escolar, o educación extraescolar (educadores sociales, educadores de adultos, etc.), cursan toda la licenciatura en las Facultades de Educación.

Evidentemente, esa formación superior que demandamos para todos los profesionales de la educación, e igualmente ese equilibrio entre los tres ámbitos citados, no va a lograrse en nuestro país con la mera y simple transformación de las Escuelas Universitarias de Magisterio en Facultades de Educación, ya que el gobierno decidió en su día que los maestros sigan teniendo un nivel universitario de diplomatura en lugar de licenciatura, ni tampoco con unos planes de estudio tan escasamente rigurosos como los que han sido aprobados recientemente. Por eso, esa transformación institucional es sólo el primer paso de una larga contienda que ahora se inicia.

Ahora bien, como no se consigue nada es con posturas maximalistas, bien por defecto o por exceso. Bien intentando quedarnos como estamos (que es como decir, al margen de los paises de nuestro entorno sociocultural y geográfico) hasta que podamos dar el salto definitivo, o bien torpedeando, de forma solapada, los esbozos de cambio positivo y esperanzador que tiene la creación de las nuevas Facultades de Educación, tratando de imponer el surgimiento de extrañas instituciones que no existen en los paises de nuestro entorno, o que han fracasado estrepitosamente donde fueron creadas.