JUEVES, 14 DE NOVIEMBRE DE 2019 





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ABRIL 1995

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

HACIA UNA ESCUELA DE PAZ A TRAVES DE UNA CULTURA DE LA COMUNICACION

El monográfico del presente número dedicado a la educación para la paz nos sirve como anillo al dedo para tratar, en este editorial, de un tipo de escuela por el que esta revista ha venido abogando desde los inicios de su fundación. Nos referimos a una escuela todavía por llegar a nuestros ámbitos: la escuela de la comunicación, de la participación, del diálogo, de la crítica constructiva y de la lucha por la transformación de la sociedad en otra de tales características, donde el estilo educativo anteriormente enunciado no se dé de cachetes con la realidad sociocultural. En el año internacional de la tolerancia propuesto por la UNESCO, se necesita reflexionar por una escuela que sea capaz de ser tolerante con los "otros", e intolerante con cualquier clase de injusticia. Para entender el significado de lo que queremos expresar, bien podríamos repasar las tres corrientes educativas que han cruzado las aulas escolares desde principios de siglo: la moderna, la postmoderna y la actualmente llamada cultura de la comunicación.

"El discurso escolar de la modernidad" nace de la mano de una humanidad segura de sí misma, confiada en la eficacia de la ciencia y de la tecnología. La escuela de la modernidad es uniforme y racionalista, unidimensional y experimentalista, busca la eficiencia por encima de la ética y de la moral, es pragmatista y se limita a preparar para el empleo laboral a los alumnos. El proyecto curricular se fundamenta en el enfoque unitario de los saberes. El Estado será quien ordene las orientaciones pedagógicas y tanto alumnos como maestros deben acatar sin rechistar lo acordado en instancias superiores y externas al centro escolar. La violencia del autoritarismo es el polo opuesto a una escuela de paz donde la coacción y la imposición no se admiten como normas de comportamiento, por estimarse antieducativas y opuestas a la verdadera condición humana. La escuela estatal o confesional, según los diversos momentos históricos, es el modelo del discurso modernista de la educación.

Pero la enseñanza de la historia ha demostrado que los niños no son mimbres a quienes se les puede domar al antojo de los domesticadores. La libertad, tarde o temprano, reivindica sus derechos. Han caído los grandes dogmas defendidos a golpe de espada y de decretos. Las cosmovisiones unitarias y las filosofías nacistas desembocaron en estruendosas catástrofes bélicas que recuerdan las masacres de la primera y segunda guerras mundiales. Campos de concentración, genocidios salvajes, xenofobia injustificada, costumbres militaristas han demostrado la falsedad y la hipocresía de aquel discurso educativo modernista que en nombre de la razón, hundía al ser humano en un pozo de servidumbre y de miserables injusticias. La educación para la paz había fracasado por "nonata". Aquellos "ilustres" disertadores del poder y de la intransigencia no fueron capaces de introducir los valores pacifistas en el aula.

La reacción no se hizo esperar. Otro discurso educativo anida en la escuela de la pura evasión o del "laisser faire", en la escuela del ingenuo puerocentrismo, sin matices, que deviene en la tiranía del capricho. La "escuela postmodernista" prescinde de marcar un rumbo a la nave educativa, porque no existe una única meta ni existe norte alguno hacia donde encaminar unos objetivos, inadmisibles para quienes están hastiados de órdenes y de constatar los fracasos de la "omnisciente razón instrumental". El postmoderno prefiere la fragmentación y el navegar a la deriva, la errónea neutralidad y el presente disfrute del placer de los días. Corazón contra razón, sentimiento frente a racionalidad, la escuela postmodernista se encuentra sin valores y no cree en programas ni en contenidos estipulados. Todo vale en la enseñanza, porque nada vale el esfuerzo de unos educadores que se encuentran perdidos ante la infinita oferta de menús, de información, de mensajes y de anuncios incitadores en una informatizada sociedad consumista. Tampoco este discurso ha logrado armonizar al hombre. Tampoco este modelo de educación ha introducido en las aulas la paz, pues el cansancio prendió en las carnes de los educandos y ni éstos ni sus educadores se han sentido satisfechos consigo mismos, ni los unos con los otros. Disarmonía, discordias y, a la postre, el mismo rostro guerrero que en un alarde de armamentismo y de carreras por competir ha producido el desasosiego psíquico, social y ambiental. La ausencia de paz estructural o de paz positiva ha dejado a la escuela vacía de justicia y de entusiasmo por luchar en su búsqueda. Nuevo fracaso de la educación pacifista que será examinada, más adelante, por los cinco capítulos que constituyen el monográfico de este número.

Ante el panorama de los dos discursos anteriores, asistimos hoy a la elaboración de una nueva manera de hacer escuela. No quiero decir que este modelo de educación haya sido conseguido ya, sino que hacia él tendemos muchos educadores. En efecto, buscamos una escuela democrática y crítica donde el alumno y el profesor aprendan a dialogar sobre los problemas que afectan al mundo y donde la finalidad del mutuo esfuerzo se encamine hacia la reconstrucción de una "cultura de la comunicación". Se trata de un discurso educativo complejo por sistémico, ético, ecológico, e intercultural, comprometido con la realidad social y dispuesto a cambiar las situaciones no ajustadas a la justicia social. El centro escolar adquiere la importancia de un sistema entre sistemas, influido por todos los costados desde el exterior económico, social, cultural y político. Los educadores son conscientes de que no son los únicos agentes que modulan la imagen del educando, más bien se consideran como coeducadores dentro de un ambiente pluridimensional. A ellos les corresponde poner su grano de arena junto a otras muchas influencias. Esta escuela comunicativa enfatiza por igual la razón y el corazón o, lo que es lo mismo, la reflexión racional y las razones afectivas. Resulta, así, una escuela metacognitiva que intenta unir el planteamiento científico con el filosófico en un tratamiento metodológicamente interdisciplinar que sabe relacionar las ciencias con las letras, superando así la escisión entre la racionalidad científica y ética. Los defensores de este paradigma escolar del diálogo creen poder presentarse como una síntesis entre el discurso moderno y el postmoderno, en cuanto a través del diálogo se contempla la unidad del acuerdo y la pluralidad de diferentes opiniones. La paz se manifiesta en los valores enunciados en este tercer modelo de escuela. En efecto, el respeto, la tolerancia, la armonía, la lucha, la resolución no violenta de los conflictos, la autoestima, la justicia social, el talante lúdico y una actitud positiva ante la vida son valores pacifistas que, al mismo tiempo, se avienen perfectamente con la cultura de la comunicación. Todavía no hemos comprobado empíricamente si como consecuencia de este discurso crítico-comunicativo, ha entrado la paz en la escuela; pero lo que sí sabemos es que los esfuerzos de las mejores mentes pedagógicas seguirán trabajando para profundizar en esta línea y que desde aquí abogamos por la creación de un gran movimiento de educadores pacifistas que hagan realidad estos deseos.