DOMINGO, 17 DE NOVIEMBRE DE 2019 





25 (10,1)

ABRIL 1996

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

Educación y valores
 
La fuerza del uso nos ha hecho ver como correctas, expresiones tales como: educar en valores, los valores en la educación, etc., sin percatarnos que tales expresiones son redundantes. Es decir, cuando hablamos de educación necesariamente nos referimos a los valores, a algo valioso que queremos que se produzca en los educandos, de otro modo, no habría un acto "educativo". Tendríamos, en todo caso, aprendizaje de "algo", pero desde luego no estaríamos ante acciones educativas.
 
El hecho de que ahora se destaque, como lo demuestra la abundante bibliografía, seminarios y congresos, la importancia de los valores como elemento integrante de la acción educativa, en modo alguno significa que hasta ahora éstos hayan estado ausentes de las aulas. En realidad nunca han dejado de ser operantes en la tarea docente. Consciente o inconscientemente el profesor ha actuado, y actŭa, desde una determinada concepción del mundo y del hombre, desde un determinado sistema de valores, que mediatizando la interpretación de la realidad, también condiciona, en una determinada orientación, su actuación como profesor. La selección de los contenidos, la prioridad que establece en los mismos, las actividades que programa, las teorías en que basa su actividad pedagógica, la visión de su función como profesor, etc. no escapan a la influencia del sistema de valores que sustenta. A este respecto escriben los profesores Ortega, Mínguez y Gil (1994): "Si no es a partir de los valores no hay posibilidad alguna de llevar a cabo un proceso educativo. No existe el hombre biológico, desnudo de cultura, de valores desde los cuales exige ser interpretado. Acercarse al hombre, conocerlo, entenderlo significa interpretar el mundo de significados o valores a través de los cuales todo hombre se expresa, siente y vive... significa contemplar al hombre en su historia, en su propio hábitat fuera del cual sería del todo irreconocible. Por ello los valores son contenidos, explícitos o implícitos, inevitables en educación".
 
La "novedad" de los valores en educación plantea algunas exigencias a la institución escolar. Incorporar nuevos contenidos al programa curricular de los alumnos y unas nuevas competencias en el ejercicio de la profesión
docente. Hacer posible que lo que ya estaba presente en el aula a un nivel no-formal o no-explícito, por tanto, deficientemente tratado, no sometido a evaluación, forma parte, ahora, de una programación adecuada, donde las
actividades pertinentes encuentren su lugar también adecuado. Sin embargo, es preciso reconocer que no es tarea fácil. Los cambios en educación no se operan porque se prescriban mediante leyes. Es necesario que se produzca,
además y sobre todo, un cambio de actitudes y modos de pensar en quienes hayan de aplicar la educación. Se trata, en definitiva, de iniciar una nueva andadura que permita cambiar el estilo de vida de nuestras escuelas y un nuevo enfoque en los aprendizajes.
 
Afortunadamente cada vez va tomando más cuerpo, entre los investigadores y profesionales de la educación, la concepción de la escuela como un lugar donde no sólo se enseñan conocimientos y transmiten saberes, sino, además, donde se aprende a convivir, a respetar a los demás, a cooperar, a ser tolerante y buen ciudadano. La vieja idea de una escuela competitiva, fuertemente vinculada al éxito académico va dando paso, aunque lentamente, a otra donde los valores, actitudes y comportamientos morales constituyen, también, objetivos básicos en el proceso educativo. No es que la institución escolar no haya hecho nada a este respecto; sería inexacto e injusto afirmarlo. Valores y modelos morales de conducta se transmiten siempre, consciente o inconscientemente, en cualquier proyecto educativo. Tan sólo queremos decir que lo que hasta hace poco constituía un objetivo vagamente formulado, no presencializado en el curriculum, y por tanto no sujeto a evaluación, ahora empieza a considerarse como elemento básico del mismo, sujeto a programación. Y esto constituye ya un avance importante en la mejora de la enseñanza.
 
Llevar esto a la practica supone un giro en la enserianza; bajar de las fáciles declaraciones verbales al ámbito de los programas educativos exige, como hemos dicho, un cambio profundo de mentalidad en los enseñantes y la adquisición de adecuadas competencias. Es decir, comporta necesariamente cambios profundos en el modo de pensar sobre la escuela por parte del profesorado, padres y poderes políticos, en las actitudes de todos éstos hacia la institución escolar, en los contenidos y estrategias de enserianza, en las estructuras y dinámicas de funcionamiento y en las interrelaciones de la comunidad educativa.
 
El tema de los valores admite múltiples enfoques y soluciones. Lo que no tolera es su olvido. Es posible que en épocas estables, donde la continuidad, la tradición y conservar las conquistas pretéritas es algo admitido y aŭn indiscutido, no sea tan urgente problematizar los valores. Pero en tiempos de "cambios" cuando vemos hundirse estimaciones colectivas que parecían definitivas, sustituídas por otras que emergen en apasionada dialéctica frente a las anteriores; nos gana la impresión de lo efimero e inconsistente de las escalas vigentes. Y es entonces cuando estamos obligados a tematizar y explicar los fundamentos de nuestro sistema educativo y de las programaciones escolares. La cuestión en estas circunstancias ya no es meramente académica, es vital. Cada día nos encontramos con el alumno, el profesor, el padre o político que están desconcertados y desalentados de los valores educativos; desposeídos de asideros antiguos y de valores asentados, se encuentran en la arena movediza de valoraciones que desaparecen y ante otras que emergen, no sabiendo muy bien el por qué de todo esto.
 
La calidad de la educación está pendiente de los valores. Por ello debemos intentar resolver algunos de sus más acuciantes interrogantes -algunos ya han sido contemplados- que en ningŭn modo y menos que nunca hoy, pueden ser solapados. Hay una serie apretada de cuestiones, por supuesto nada fácil de responder, ni menos de lograr unánime asentimiento, pero esto no lleva a marginar el tema. Tiene significación dejar en el aire, infundamentados, los propios objetivos que son quicio y base de toda educación?. Hay que dejar el sentido y valor de los objetivos a merced de un relativismo que, si analizamos sus presupuestos y consecuencia, impediría todo intento educador?.
 
Educar es esencialmente una tarea peifectiva, optimizadora. Al final de la acción educativa esperamos que los educandos sean más valiosos, que hayan alcanzado nuevos ámbitos valorales. La calidad de la educación viene determinada por la dignidad, profundidad y extensión de los valores que los alumnos hayan sido capaces de adquirir y vivir. Quizá esta afirmación no levante graves objeciones. Lo más probable es que a lo sumo se pidan aclaraciones.
 
Cada época tiene sus slogans, sus frases hechas, sus "creencias" en sentido orteguiano, es decir convicciones que no se cuestionan, más aún desde las que se parte para sacar consecuencias intelectuales y vitales. Y una de ellas, hoy dia, es la afirmación indiscriminada del hundimiento total de los valores.
 
He aqui las múltiples razones que ha movido a que se dedique el tema monográfico de este nŭmero de la Revista a EDUCACION Y VALORES con la participación de grandes especialistas del tema.
 
 
EL CONSEJO DE REDACCION