VIERNES, 22 DE NOVIEMBRE DE 2019 





44 (16,2)

AGOSTO 2002

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

APRENDER A CONVIVIR Y EL MOVIMIENTO DE EDUCADORES PARA LA PAZ

Construir la Paz en el mundo, en las instituciones y en las personas ha sido el sueño de la Humanidad. Bastaría con dar un repaso a la historia de los pensadores pacifistas para comprobarlo. Mohavir, fundador del Jainismo, en el siglo V antes de Cristo, relegó el concepto de verdad y entronizó el de "ahinsa" o no-violencia. Buda recomienda a sus seguidores que den preferencia a la actitud positiva de bondad frente a todos los seres, frente al negativo concepto de "ahinsa" o no hacer daño a nadie. El belicoso Antiguo Testamento habla con frecuencia de la paz (shalom), refiriéndose con ese término al estado del hombre que vive en armonía con la Naturaleza, consigo mismo y con Dios. Cristo es considerado por los teólogos como el "Príncipe de la Paz". Durante la Edad Media, sobresalen "El Poberello" San Francisco de Asís, predicando la fraternidad universal, y Raimundo Llull, ensayando el interculturalismo entre los cristianos y los musulmanes. Durante la era moderna, son muchos los que se revelan (Francisco de Vitoria en el campo jurídico, Tomás Moro en el filosófico y ciertas sectas reformistas, como los anabaptistas, en el campo religioso…) contra los principios políticos de Maquiavelo, que permiten al Príncipe hacer y deshacer con medios autoritarios. Se funda la Sociedad de los Amigos, donde sobresale el cuáquero William Penn, que publicó el libro titulado "Ensayo sobre la paz presente y futura de Europa" y desarrolló la experiencia de colonización pacífica de Pennsylvania con capital en Filadelfia o ciudad del amor fraterno. En 1775, Kant escribe el "Tratado sobre paz perpetua". Henry David Thoreau (1817-1862) publicó su libro "La desobediencia civil". Tolstoy dió a la luz "La Ley de la violencia y la ley del amor" donde rechaza la institución del ejército y preconiza la objeción de conciencia. Gandhi se levanta como una figura señera en la lucha no violenta por la justicia y por la independencia de la India por medios no violentos, dando al mundo un ejemplo de fraternidad. Sigue su ejemplo, ya en el siglo XX, Martín Luther King, quien abandera la lucha por la igualdad de derechos civiles para los negros (en igualdad con los blancos) de América del Norte, reivindicando esa igualdad con medios pacíficos. Lanza de Vasto funda en Occitania la Comunidad del Arca, rural, artesanal y ecuménica, y emprende junto a su esposa la acción cívica no violenta.

Durante el siglo XX, el movimiento de la educación para la paz ha pasado por cuatro momentos: 1) El legado de la Escuela Nueva que introduce en sus principios pedagógicos y entre sus estrategias didácticas la construcción de la paz como fin y el uso de la democracia y la participación asamblearia como metodología educativa en la escuela. 2) La era UNESCO, durante la cual se proclaman los Derechos Humanos (1948), se recomienda la comprensión internacional como objetivo a trabajar en las instituciones escolares y nacen "Las Escuelas Asociadas" y los "Clubs de Amigos de la UNESCO", como instrumentos organizativos que intentan extender la cultura de paz. 3) La ola de la no-violencia, durante la cual se pretende aclarar el concepto de paz y de educación para la paz, perfilando sus características y exigiendo la no violencia como condición imprescindible para poder hablar de educación para la paz. Nacen los movimientos de objeción de conciencia (MOC) y ciertos Movimientos Sociopedagógicos, influidos por la doctrina gandhiana. 4) La cuarta ola se caracteriza por la emergencia de grupos y asociaciones que se dedican a la investigación para la paz. En España existe la AIPAZ o Asociación de Investigadores para la Paz, con sede en la Universidad de Granada. Amanecen muchas ONGs, principalmente a partir de la década de los 80, y últimamente han surgido numerosos grupos y personas dentro del campo educativo que, posiblemente influenciados por las orientaciones del "Informe Delors" y por los análisis de la violencia en las aulas, a nivel mundial, se preocupan por el estudio y solución de la falta de convivencia en la escuela. Las ponencias, las comunicaciones, las experiencias y el mismo hecho de este X Congreso sobre la Formación de Profesorado ante el fenómeno de la violencia y convivencia escolares, del que da cuenta el presente número 44 de esta Revista, es un ejemplo de la preocupación existente entre los pedagogos, psicólogos y educadores por responder a los accidentes violentos, o vacíos de la necesaria armonía, que surgen casi diariamente en los centros escolares.

Queda claro, pues, que los estudios y actividades relativos a la educación para la paz siguen la evolución que padece la propia sociedad. Si ésta presenta un problema violento o antipacifista, los movimientos de la paz y sus estudiosos suelen fijarse en orientar sus preocupaciones influenciados por el diagnóstico de la realidad. Así, ante el desgraciado fenómeno de las dos guerras mundiales, nace el enfoque antibelicista de la educación para la paz. Ante el hecho de la carrera armamentística, las experiencias pacifistas recalan en la educación para el desarme. Ante la amenaza de la OTAN, surge el movimiento pacifista anti-OTAN. Ante la realidad de las dictaduras en ciertos países, se lucha por la conquista de la democracia y por formar al escolar como ciudadano demócrata. Ante el desmantelamiento que dejan y provocan las metrópolis en los países colonizados, nace la necesidad de profundizar en el concepto de desarrollo de los países explotados. Ante el fenómeno de la globalización neoliberal que conlleva el crecimiento de la brecha Norte- Sur, las ONGD y movimientos por la paz integral trabajan por la posibilidad de crear otro mundo. Llegamos, ahora mismo, 2002, al sorprendente episodio del 11 de septiembre 2001. Ante la construcción de una cultura del antiterrorismo por el sistema, se responde con la propuesta de erigir una cultura de la paz, por parte de los pacifistas. Se produce la oleada de la emigración palpitante y se pone en primer plano de la doctrina pacifista el enfoque interculturalista, el antirracismo, la tolerancia, la aceptación de la diversidad, el respeto, o incluso la recomendación del bilingüismo y de la comunicación.

Es lógico que la secuencia de las investigaciones se acomoden a la evolución de los acontecimientos. Es pertinente que la escuela se relacione con los problemas del entorno. Es natural que la actualidad motive la presentación en la escuela de contenidos coherentes y de enfoques apropiados. Así debe ser, si la academia quiere estar viva, servir para algo, y responsabilizarse ante las exigencias de la sociedad. Pero se atisba un peligro en esta costumbre, si la preocupación se convierte en seguidismo; si la respuesta al descubrimiento de los problemas se desvincula de las raíces educativas; si la moda se convierte en regla directriz, fragmentando el discurso de la cosmovisión educativa y contentándose con coser remiendos en los rasgones del traje. Sirva de ejemplo decir que el 11 de septiembre es una manifestación de una trayectoria de desprecios y de humillaciones a la cultura musulmana. Entendamos que los grandes terremotos no nacen esporádicamente. Las capas y subcapas de la tierra están en continua ebullición, trasteándose y frotándose unas con otras por ocupar un lugar más adecuado a sus exigencias de espacio. Un día saltan. Pero la procesión iba por dentro. La solución estaría en una comprensión exhaustiva y completa de la geología, de la corteza de la tierra, de los movimientos interiores del planeta, etc., etc. Y como resultado del estudio de las relaciones de los elementos entre sí, del tratamiento interdisciplinar de los acontecimientos, nacen las duraderas y verdaderas contestaciones a los conflictos.

Tratándose del fenómeno de la violencia en las aulas, entendemos que es de agradecer el esfuerzo que muchos docentes están haciendo por apagar al fuego de la violencia. Pero esta Revista, además de felicitar a quienes producen investigaciones y programas de intervención para cambiar la violencia en la escuela, la violencia entre iguales y entre alumnos y maestros, entre directivos y educadores entre sí, entre los centros y la Administración, etc., quiere llamar la atención para que estos esfuerzos no sean esfuerzos aislados. En primer lugar hay que enmarcar el "bulling" o los insultos, la mofas y los escarnios, las envidias y los odios soterrados, en ese movimiento pacifista que lleva siglos caminando y trazando una cultura de paz. No asistimos a acontecimientos totalmente desligados de la naturaleza humana y de la constitución injusta de las sociedades. Estos polvos son frutos de aquellos lodos. Existe un hilo conductor en la aparición de los problemas y debe existir también una cadena de respuestas que formen eslabones de una mirada global, de una finalidad abarcante, de un proyecto educativo integral que evite los multilateralismos aislacionistas y sea consciente de que la educación es una: o se trata de una educación para la paz, para la convivencia, para la democracia, para la construcción de la justicia, para el compromiso con la eliminación de las desigualdades…, o estamos palpando un objeto áspero, largo y dúctil sin saber que forma parte de un elefante.

Creemos que el problema de la violencia escolar es fruto, al menos parcial, de la violencia global, estructural, indirecta, cultural, social, económica, política y religiosa que existe en el mundo. Creemos, por tanto, que sus soluciones no deben plantearse unilateralmente, solo desde las causas directas, personales, psicológicas, familiares…, sino que la solución al aprender a convivir viene dada por una cultura de paz. Cultura de paz que implica un concepto amplio de paz, plurisémico, que al menos abarca tres grandes dimensiones: la personal, la social y la ecológica. Considerando estas tres manifestaciones de la violencia, se deben generar los proyectos que respondan al hecho de la falta de convivencia en las aulas. De esta manera, no estaremos inventando la pólvora cada década, ni nos dejaremos engañar por el toque a arrebato que, a veces, el sistema lanza con intenciones perversas para despistar a los incautos. Aprender a convivir en la escuela es un capítulo de la Educación para la Paz, entendida ésta como un instrumento para edificar una cultura de paz vigorosa, amplia y explicativa de la posible felicidad que la persona humana es capaz de disfrutar mientras convivimos en armonía. En definitiva, las investigaciones para resolver conflictos de convivencia serán científicas y serias si se proponen aumentar la justicia en el mayor grado posible y eliminar la violencia tanto cuanto seamos capaces. Tal vez así, los nuevos expertos en aplicar, en el ámbito de la escuela, las medidas clásicas de la educación para la paz se den cuenta de que están aterrizando en el campo del que siempre han hablado los grandes teóricos y vivenciadores de la cultura de paz. Aprender a convivir es un corolario de aprender a vivir en paz y para la paz.

No es inocente abogar por la unión de quienes trabajan en uno y otro campo, porque de esta manera eliminaremos el desgajamiento y fragmentación de teorías, enfoques y estrategias educativas. La unión fortalecerá el contrapoder de la no-violencia y engendrará, con menor esfuerzo, mayores éxitos educativos y sociales en las escuelas y en los órganos políticos del sistema que se encarguen de la educación ciudadana.

El Consejo de Redacción